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	<description>Una Manera de Aprender Escuchando</description>
	<pubDate>Sun, 24 Aug 2008 04:52:19 +0000</pubDate>
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		<title>La hermana de la Caridad Cap 1</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Jul 2008 19:00:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[AudioLibros]]></category>

		<category><![CDATA[La hermana de la Caridad]]></category>

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		<description><![CDATA[Autor: Emilio Castelar.
Capítulo: 1.
Amanecía, en hermoso campo meridional, bellísimo y poético día de Abril. Una ligera niebla, que doraban los rayos de la naciente aurora, se desvanecía en la cima de las montañas, semejándose a blanca nube de incienso perdida en el templo de la Naturaleza. El cielo, que a través de esta ligera gasa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Autor: Emilio Castelar.<br />
Capítulo: 1.</p>
<p>Amanecía, en hermoso campo meridional, bellísimo y poético día de Abril. Una ligera niebla, que doraban los rayos de la naciente aurora, se desvanecía en la cima de las montañas, semejándose a blanca nube de incienso perdida en el templo de la Naturaleza. El cielo, que a través de esta ligera gasa se descubría, estaba azul, sereno, transparente, ocultando entre sus arreboles las estrellas, que parecen volar, al nacer el día, a Dios, para beber nueva luz.<br />
<center><br />
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<p>Los campos, cubiertos de flores que ostentaban ufanas las gotas de rocío, sembrados de varios árboles, que parecían exhalar savia de sus tiernas recién nacidas hojas; las aves, abriendo a los rayos de la primera luz sus alas, y dando sus tiernos gorjeos a las auras, que suenan blandamente, al deslizarse en la enramada, acompañando en sus murmullos a los arroyos, que por mil pintados cauces reparten en desorden los caudales de las fuentes; la vida latiendo en todos los seres, como la sangre en el corazón apasionado de un joven, dan a la creación en primavera semejanzas con la mariposa que se despierta de un sueño, y al romper su larva despliega las blancas alas, matizadas de mil cambiantes colores. Y si esa tímida luz; ese aroma embriagador que despiden el azahar, la rosa, el jazmín; esas camas de flores que forman en sus ramas los árboles; esa música que conciertan todos los seres; esa vida que palpita en el naciente capullo, en la hoja al brotar; esa alma ignorada que como cautiva se esconde en todos los círculos de la escala de la vida, alma sin conciencia de sí misma, que gime en el ruido que hace la lluvia al caer en el celeste lago, en el rumor de las ondas al estrellarse en la arena; esa alma, que parece aspirar a la libertad, al amor, y pedir redención al hombre, es nuestra compañera en la soledad de los campos. Y cuando un corazón que ama, que sueña con la felicidad, que alimenta ilusiones, que desea, no lo pasajero y fugaz, sino un amor inmenso, infinito, divino, en una de esas mañanas se entrega a convertir en pensamientos las varias sensaciones que Naturaleza le ofrece, liba en ella la miel de su pasión.</p>
<p>En esta mañana de que venimos hablando, en el hermoso campo no se veía más ser humano que una joven. Vestía el traje de las aldeanas de Sorrento, traje que parece haber tomado su color a las gayas flores, sus bellos matices al Mediterráneo. La joven era morena, de ojos rasgados y negros, que tenían indefinible dulzura, de ovalado rostro, cuyas gracias aumentaban dos trenzas que, negras y lustrosas como el azabache, bajaban en desorden de su cabeza, parecida a esas griegas cabezas de las vírgenes de Rafael, sobre los lánguidos hombros, caídos como sus brazos, sin duda por uno de esos arrobamientos que suspenden hasta los latidos del corazón.</p>
<p>La joven, en una colina, bajo un tilo que se inclinaba sobre su cabeza al lado de una fuente, hollando con sus breves pies la menuda hierba, donde se escondían algunas violetas, embebecíase en mirar, ora las palomas que comenzaban a cortar los aires, ora los lirios que en torno crecían, ora la trémula luz que penetraba entre el follaje deshaciendo los blanquecinos vapores, ora el mar, que entre los árboles se columbraba mansamente agitado, reflejando en sus ligeras y argentadas olas el dulce alborear de la mañana.</p>
<p>¿Podríamos penetrar nosotros en el seno de sus pensamientos? ¿Qué se puede pensar cuando el corazón rebosa vida, ilusiones, fantasía? ¿Qué se puede imaginar en presencia de la Naturaleza florida, en una hermosa y tibia mañana de Abril? El canto de los pajarillos parece un cántico de amor. El arrullo de la paloma o de la tórtola derrama dulce melancolía en el corazón, esa grata melancolía que es más hermosa y placentera que la exaltada alegría. La leve niebla se asemeja al blanco velo de la virgen Naturaleza, que se engalana para recibir los primeros besos del amante sol. Las blancas flores de los limoneros, de los mirtos, son como las coronas de la desposada. Las gotas de rocío que tiemblan suspendidas de las hojas, parecen lágrimas de amor, y las embalsamadas auras, el aliento que exhalan unos labios queridos, pronunciando palabras de fe, de entusiasmo; esas palabras que nos llevan en sus alas a un mundo mejor y nos embriagan de felicidad. ¡Oh Naturaleza! El espíritu, que se derrama por todos los espacios, es un espíritu de amor que produce tus místicas y divinas armonías, y que tiñe con su luz misteriosa tus deslumbradores cuadros.</p>
<p>Estos pensamientos de amor, que cruzaban por la mente de Ángela (tal era el nombre de la joven), huyeron al sonar la campana de una próxima ermita, como huyen los jilgueros al oír una voz humana. La campana anunciaba que los pescadores volvían a las playas desde las próximas pequeñas islas. Inmensa muchedumbre de niños y mujeres salían de las cabañas, de las casas esparcidas en el campo. Todas rebosaban alegría. Era la hora en que veían reunidos los frutos de sus trabajos de la semana. Así es que el natural contento iluminaba aquel cuadro. ¡Qué encantos tiene el mar! Cuando la vista se sumerge en sus horizontes infinitos, parece que nuestro espíritu, desceñido del cuerpo, mora en las ondas, y se corona de algas, y riza con su mismo soplo la celeste superficie, y se rejuvenece y hermosea, como recordando que el agua, desde los primeros días de la creación, es uno de los principios de la vida, y lo era más cuando la tierra recién nacida recibía el Océano sobre su candente y solitario seno, como un gigantesco bautismo. ¡Oh mar delicioso para todos, y más aún para los que han nacido jugueteando en tus orillas, y tienen algo de tu acento en su voz, y de tus matices en su fantasía, y de tu inmensidad en su pensamiento! El cielo que se mira en tus aguas, lo infinito que reproduces en tus espacios, la luz que devuelves hermoseada en tus cristales al sol, la armonía que formas con el monótono ruido de tus vientos y el coro alterado de tus ondas, la blanquecina y plateada estela que dibujas en tu seno como una ilusión de amor, los astros que retratas, los bosques obscuros que guardas en tus profundidades, el sonoro eco de tus cavernas azotadas por tus continuas palpitaciones, el húmedo beso que tus regaladas brisas depositan en la frente, son en la vida de la Naturaleza lo que más se acerca a la vida del espíritu, a los matices del sentimiento, a los sueños de la imaginación, a la profundidad de las ideas, a nuestro infinito amor y a nuestras infinitas esperanzas. No es posible acercarse a tus orillas, contemplar tu continuo oleaje, oír la voz que se levanta como unísono acento de tus varios y diversísimos rumores, sin que se estremezca todo nuestro ser, abismado en lo infinito. Cuando la lona cruje, cuando las olas azotan los costados del barco, cuando la brisa murmura y cubre de espumas el mar, cuando la estela brilla, cuando el fósforo encerrado en las aguas finge el nacimiento de pálidos astros, en la callada noche, suspendido el hombre sobre los abismos de que tan sólo débil leño le aparta, no puede menos de creerse un sacerdote en el templo más grande y más digno de Dios que existe en todo el planeta. Pero si es hermoso siempre, lo es mucho más cuando la alborada lo tiñe, y el disco del sol se levanta sobre las ondas, suspendido entre dos abismos infinitos. Esta es la hora en que pasa la primera escena de nuestra historia.</p>
<p>El sol comenzaba a inflamar con su color de carmín y con su rojo fuego los infinitos horizontes. Ángela bajaba a la playa también contenta, y uno de los más gentiles jóvenes, vestido con el limpio traje de los marineros del Mediterráneo, se acercó y le dijo:</p>
<p>-¿Cómo tú aquí, tú que rara vez bajas a las playas?</p>
<p>-He venido porque gusto de oír el ruido de las olas, y la algazara de la gente, y los gritos de alegría.</p>
<p>-Es verdad. Sólo por eso puedes tú venir aquí; todos saben que nadie, absolutamente nadie, puede llamar tu atención ni mover tus sentimientos.</p>
<p>Ángela contestó a estas palabras con una dulce sonrisa.</p>
<p>-Yo he recogido muchas veces las flores más bellas del campo, las más pintadas conchas del mar que en mis redes se prenden, para ofrecértelas, y no te han complacido estos recuerdos&#8230; Así todos dicen que tienes pensamientos más altos, que eres ambiciosa.</p>
<p>-¡Ay, querido Jenaro! ¡Qué mal me juzgas! No es culpa mía no poder mandar en mi corazón. A veces envidio la cabaña de donde sale bendecida por sus hijos la madre de familia a esperar la barca del pescador, su inquietud por vislumbrarla en el horizonte, sus gritos de alegría cuando la ve, sus transportes cuando salta su esperado compañero a tierra, su gozo en mirar los pescados de mil colores, vivos aún, en la arena, el afán con que recoge las conchas que trae el padre para sus hijuelos, la santa alegría que reina en la cabaña, aderezada para recibir al dueño, y&#8230; yo no puedo gozar de esos placeres.</p>
<p>-Mira, Ángela; mejor dijeras no quiero.</p>
<p>-Es verdad, es verdad; no quiero: tienes razón; no quiero.</p>
<p>Y dos lágrimas muy gruesas rodaron por las mejillas de la joven.</p>
<p>Esas lágrimas que, a despecho de la voluntad, rodaban por las mejillas de Ángela, eran un mar de dolores tal vez, cuya profundidad no es dado sondear al pensamiento. Jenaro lo comprendió así, y calló. Después de algunos instantes levantó Ángela su cabeza, sacudióla con orgullo, y desahogó con un prolongado suspiro su pecho; derramó en torno de sí una mirada, como si quisiera recoger todo cuanto de grato y hermoso la cercaba, y llamando con ademán de benevolencia a las jóvenes que por aquellas orillas vagaban, se dio a correr con ellas, jugando descuidada, a ver cómo desafiaban con su celeridad el manso movimiento de las ondas, que parecían querer besar sus blancos pies. En estos instantes, nadie hubiera dicho que aquel corazón encerraba ni asomo de tristeza. Ver correr a la joven, buscar el instante en que las olas se retiraban, pisar con ligero pie las mojadas arenas, y huir al mirarlas volver coronadas de blanca espuma a la dorada orilla, era un gozoso espectáculo; pues en las riberas del Mediterráneo la hermosura de los campos, la plácida tranquilidad de los cielos y la sin par belleza de sus divinas moradoras, hace que no hayan muerto aún los recuerdos del antiguo paganismo, de esa fiesta continua, y que el corazón crea ver revivir las náyades y las nereidas vestidas de ligeras gasas, ornadas de perlas recién cuajadas en sus sedosos cabellos. Las jóvenes, cansadas pronto del juego, que es el alma, como la mariposa, varias sentáronse en la mullida alfombra de un verde prado; y como el silencio de la mañana, la cual comenzaba a tornarse calurosa, pidiera uno de esos cánticos meridionales de indefinible melancolía que parecen consagrados a arrullar el sueño de la Naturaleza.</p>
<p>-Canta, canta, Ángela -dijo una voz; y todas las jóvenes la repitieron.</p>
<p>Ángela se levantó como inspirada; pasóse las manos por la frente, cual si quisiera alejar negra nube de tristeza, y dio su voz al viento. La canción era melancólica, como el ruido de las ondas al quebrarse en la arena, pero llena de amor, como los arpados gorjeos del ruiseñor en el follaje. Su voz trémula, pero límpida y clara, despedía notas que caían en los corazones como lágrimas. Aquel canto tan tierno, aquella voz tan argentina, pero tan triste, el dolor infinito que la acentuaba, las lágrimas que volvían a querer asomarse a los ojos de Ángela, todo indicaba que aquel canto era el quejido de un corazón enamorado y enfermo, de un corazón que no conocía el arte, pero poseía el sentimiento, esa fuente infinita de inspiración y de vida. Mas un observador inteligente hubiera descubierto algo más en aquellos cantares; sí, hubiera descubierto en sus notas vagas la chispa del alma de una gran artista.</p>
<p>Ángela cantaba como las aves del cielo, sin conciencia; pero Dios había puesto en su corazón esa arpa celeste que se llama inspiración, y que comenzaba a dar sus primeros sonidos. Oírla acompañada del murmullo de las ondas, del susurro de las hojas, era como oír la voz de la soledad. Sus cantares tenían secretos encantos, inexplicables armonías; eran dulces gorjeos, acentos llenos de tristeza, emanaciones de un alma encendida de amor. Ángela era, en efecto, artista. Bajo las nacaradas alas de su alma se ocultaba el genio. Cantaba sin conocer que tenía en sí una fuente misteriosa de inspiración y de vida. El genio suele no tener conciencia de su fuerza. Por eso los griegos, que sabían revestir tan admirablemente de formas humanas a las ideas, pintaron a Homero, el genio de su patria, desvalido y ciego.</p>
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		<title>Juan Capítulo 02</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jun 2008 05:01:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Juan]]></category>

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		<description><![CDATA[2:1 Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús.
2:2 Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.
2:3 Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.
2:4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2:1 Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús.<br />
2:2 Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.<br />
2:3 Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.<br />
2:4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.<br />
2:5 Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere.</p>
<p><br />
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<p>2:6 Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros.<br />
2:7 Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.<br />
2:8 Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron.<br />
2:9 Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo,<br />
2:10 y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora.<br />
2:11 Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.<br />
2:12 Después de esto descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días.<br />
2:13 Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén,<br />
2:14 y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.<br />
2:15 Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas;<br />
2:16 y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.<br />
2:17 Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.<br />
2:18 Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto?<br />
2:19 Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.<br />
2:20 Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás?<br />
2:21 Mas él hablaba del templo de su cuerpo.<br />
2:22 Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho.<br />
2:23 Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía.<br />
2:24 Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos,<br />
2:25 y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre</p>
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		<title>Hechos Cap 2</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Jun 2008 05:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Los Hechos]]></category>

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		<description><![CDATA[2:1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.
2:2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;
2:3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.

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2:4 [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2:1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.<br />
2:2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;<br />
2:3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.<br />
<br />
<a href="http://blip.tv/file/get/Rehobot-HechosCap2471.mp3"><b>Descargar-></b> Clic Deracho Guardar Destino Como.</a><br />
2:4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.<br />
2:5 Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo.<br />
2:6 Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.<br />
2:7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan?<br />
2:8 ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?<br />
2:9 Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia,<br />
2:10 en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de Africa más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos,<br />
2:11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.<br />
2:12 Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto?<br />
2:13 Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.<br />
2:14 Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras.<br />
2:15 Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día.<br />
2:16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel:<br />
2:17  Y en los postreros días, dice Dios,<br />
Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,<br />
Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;<br />
Vuestros jóvenes verán visiones,<br />
Y vuestros ancianos soñarán sueños;<br />
2:18   Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días<br />
Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.<br />
2:19   Y daré prodigios arriba en el cielo,<br />
Y señales abajo en la tierra,<br />
Sangre y fuego y vapor de humo;<br />
2:20   El sol se convertirá en tinieblas,<br />
Y la luna en sangre,<br />
Antes que venga el día del Señor,<br />
Grande y manifiesto;<br />
2:21   Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.<br />
2:22 Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis;<br />
2:23 a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole;<br />
2:24 al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.<br />
2:25 Porque David dice de él:<br />
Veía al Señor siempre delante de mí;<br />
Porque está a mi diestra, no seré conmovido.<br />
2:26   Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua,<br />
Y aun mi carne descansará en esperanza;<br />
2:27   Porque no dejarás mi alma en el Hades,<br />
Ni permitirás que tu Santo vea corrupción.<br />
2:28   Me hiciste conocer los caminos de la vida;<br />
Me llenarás de gozo con tu presencia.<br />
2:29 Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy.<br />
2:30 Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono,<br />
2:31 viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción.<br />
2:32 A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.<br />
2:33 Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.<br />
2:34 Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice:<br />
Dijo el Señor a mi Señor:<br />
Siéntate a mi diestra,<br />
2:35  Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.<br />
2:36 Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.<br />
2:37 Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?<br />
2:38 Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.<br />
2:39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.<br />
2:40 Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación.<br />
2:41 Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.<br />
2:42 Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.<br />
2:43 Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles.<br />
2:44 Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas;<br />
2:45 y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.<br />
2:46 Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón,<br />
2:47 alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.</p>
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		<title>Hechos Capítulo 01</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jun 2008 15:45:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Los Hechos]]></category>

		<category><![CDATA[Hechos]]></category>

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		<description><![CDATA[1:1 En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar,
1:2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido;

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1:3 a quienes también, después de haber [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>1:1 En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar,<br />
1:2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido;<br />
<br />
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1:3 a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.<br />
1:4 Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.<br />
1:5 Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.<br />
1:6 Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?<br />
1:7 Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad;<br />
1:8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.<br />
1:9 Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.<br />
1:10 Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas,<br />
1:11 los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.<br />
1:12 Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén, camino de un día de reposo.<br />
1:13 Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo.<br />
1:14 Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.<br />
1:15 En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos (y los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo:<br />
1:16 Varones hermanos, era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús,<br />
1:17 y era contado con nosotros, y tenía parte en este ministerio.<br />
1:18 Este, pues, con el salario de su iniquidad adquirió un campo, y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron.<br />
1:19 Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama, que quiere decir, Campo de sangre.<br />
1:20 Porque está escrito en el libro de los Salmos:<br />
Sea hecha desierta su habitación,<br />
Y no haya quien more en ella;<br />
y:<br />
Tome otro su oficio.<br />
1:21 Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros,<br />
1:22 comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección.<br />
1:23 Y señalaron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías.<br />
1:24 Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido,<br />
1:25 para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar.<br />
1:26 Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles </p>
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		<title>Juan Capítulo 01</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jun 2008 15:42:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Juan]]></category>

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		<description><![CDATA[1:1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
1:2 Este era en el principio con Dios.
1:3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
1:4 En él estaba la vida, y la vida era la luz [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>1:1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.<br />
1:2 Este era en el principio con Dios.<br />
1:3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.<br />
1:4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. </p>
<p><br />
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<p>1:5 La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.<br />
1:6 Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan.<br />
1:7 Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.<br />
1:8 No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.<br />
1:9 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.<br />
1:10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.<br />
1:11 A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.<br />
1:12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;<br />
1:13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.<br />
1:14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.<br />
1:15 Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.<br />
1:16 Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.<br />
1:17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.<br />
1:18 A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.<br />
1:19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?<br />
1:20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo.<br />
1:21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.<br />
1:22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?<br />
1:23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.<br />
1:24 Y los que habían sido enviados eran de los fariseos.<br />
1:25 Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?<br />
1:26 Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis.<br />
1:27 Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.<br />
1:28 Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.<br />
1:29 El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.<br />
1:30 Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo.<br />
1:31 Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua.<br />
1:32 También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él.<br />
1:33 Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.<br />
1:34 Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.<br />
1:35 El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos.<br />
1:36 Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios.<br />
1:37 Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.<br />
1:38 Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?<br />
1:39 Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.<br />
1:40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.<br />
1:41 Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo).<br />
1:42 Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).<br />
1:43 El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halló a Felipe, y le dijo: Sígueme.<br />
1:44 Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro.<br />
1:45 Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.<br />
1:46 Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve.<br />
1:47 Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.<br />
1:48 Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.<br />
1:49 Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.<br />
1:50 Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás.<br />
1:51 Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre. </p>
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		<title>Lucas Capítulo 01</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jun 2008 15:35:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Lucas]]></category>

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		<description><![CDATA[1:1 Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas,
1:2 tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra,
1:3 me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>1:1 Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas,<br />
1:2 tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra,<br />
1:3 me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo,<br />
1:4 para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido.<br />
1:5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet.<br />
<br />
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<p>1:6 Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.<br />
1:7 Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada.<br />
1:8 Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase,<br />
1:9 conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor.<br />
1:10 Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso.<br />
1:11 Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso.<br />
1:12 Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor.<br />
1:13 Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.<br />
1:14 Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento;<br />
1:15 porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre.<br />
1:16 Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos.<br />
1:17 E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.<br />
1:18 Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.<br />
1:19 Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas.<br />
1:20 Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.<br />
1:21 Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que él se demorase en el santuario.<br />
1:22 Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron que había visto visión en el santuario. El les hablaba por señas, y permaneció mudo.<br />
1:23 Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa.<br />
1:24 Después de aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo:<br />
1:25 Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres.<br />
1:26 Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,<br />
1:27 a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.<br />
1:28 Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.<br />
1:29 Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta.<br />
1:30 Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.<br />
1:31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.<br />
1:32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;<br />
1:33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.<br />
1:34 Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón.<br />
1:35 Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.<br />
1:36 Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril;<br />
1:37 porque nada hay imposible para Dios.<br />
1:38 Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia.<br />
1:39 En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá;<br />
1:40 y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet.<br />
1:41 Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo,<br />
1:42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.<br />
1:43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?<br />
1:44 Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.<br />
1:45 Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.<br />
1:46 Entonces María dijo:<br />
Engrandece mi alma al Señor;<br />
1:47   Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.<br />
1:48   Porque ha mirado la bajeza de su sierva;<br />
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.<br />
1:49   Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso;<br />
Santo es su nombre,<br />
1:50   Y su misericordia es de generación en generación<br />
A los que le temen.<br />
1:51   Hizo proezas con su brazo;<br />
Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.<br />
1:52   Quitó de los tronos a los poderosos,<br />
Y exaltó a los humildes.<br />
1:53   A los hambrientos colmó de bienes,<br />
Y a los ricos envió vacíos.<br />
1:54   Socorrió a Israel su siervo,<br />
Acordándose de la misericordia<br />
1:55   De la cual habló a nuestros padres,<br />
Para con Abraham y su descendencia para siempre.<br />
1:56 Y se quedó María con ella como tres meses; después se volvió a su casa.<br />
1:57 Cuando a Elisabet se le cumplió el tiempo de su alumbramiento, dio a luz un hijo.<br />
1:58 Y cuando oyeron los vecinos y los parientes que Dios había engrandecido para con ella su misericordia, se regocijaron con ella.<br />
1:59 Aconteció que al octavo día vinieron para circuncidar al niño; y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías;<br />
1:60 pero respondiendo su madre, dijo: No; se llamará Juan.<br />
1:61 Le dijeron: ¿Por qué? No hay nadie en tu parentela que se llame con ese nombre.<br />
1:62 Entonces preguntaron por señas a su padre, cómo le quería llamar.<br />
1:63 Y pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan es su nombre. Y todos se maravillaron.<br />
1:64 Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios.<br />
1:65 Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas.<br />
1:66 Y todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo: ¿Quién, pues, será este niño? Y la mano del Señor estaba con él.<br />
1:67 Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo:<br />
1:68   Bendito el Señor Dios de Israel,<br />
Que ha visitado y redimido a su pueblo,<br />
1:69   Y nos levantó un poderoso Salvador<br />
En la casa de David su siervo,<br />
1:70   Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio;<br />
1:71   Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron;<br />
1:72   Para hacer misericordia con nuestros padres,<br />
Y acordarse de su santo pacto;<br />
1:73   Del juramento que hizo a Abraham nuestro padre,<br />
Que nos había de conceder<br />
1:74   Que, librados de nuestros enemigos,<br />
Sin temor le serviríamos<br />
1:75   En santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días.<br />
1:76   Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado;<br />
Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;<br />
1:77   Para dar conocimiento de salvación a su pueblo,<br />
Para perdón de sus pecados,<br />
1:78   Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,<br />
Con que nos visitó desde lo alto la aurora,<br />
1:79   Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte;<br />
Para encaminar nuestros pies por camino de paz.<br />
1:80 Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel. </p>
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		<item>
		<title>Marcos Capítulo 01</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jun 2008 08:37:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Marcos]]></category>

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		<description><![CDATA[1:1 Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
1:2 Como está escrito en Isaías el profeta:
He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,
El cual preparará tu camino delante de ti.
1:3    Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.

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1:4 Bautizaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>1:1 Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.<br />
1:2 Como está escrito en Isaías el profeta:<br />
He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,<br />
El cual preparará tu camino delante de ti.<br />
1:3    Voz del que clama en el desierto:<br />
Preparad el camino del Señor;<br />
Enderezad sus sendas.<br />
<br />
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1:4 Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados.<br />
1:5 Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.<br />
1:6 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre.<br />
1:7 Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado.<br />
1:8 Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo.<br />
1:9 Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.<br />
1:10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él.<br />
1:11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.<br />
1:12 Y luego el Espíritu le impulsó al desierto.<br />
1:13 Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían.<br />
1:14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios,<br />
1:15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.<br />
1:16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores.<br />
1:17 Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres.<br />
1:18 Y dejando luego sus redes, le siguieron.<br />
1:19 Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las redes.<br />
1:20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron.<br />
1:21 Y entraron en Capernaum; y los días de reposo, entrando en la sinagoga, enseñaba.<br />
1:22 Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.<br />
1:23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces,<br />
1:24 diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios.<br />
1:25 Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él!<br />
1:26 Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él.<br />
1:27 Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?<br />
1:28 Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea.<br />
1:29 Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan.<br />
1:30 Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella.<br />
1:31 Entonces él se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía.<br />
1:32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados;<br />
1:33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta.<br />
1:34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían.<br />
1:35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.<br />
1:36 Y le buscó Simón, y los que con él estaban;<br />
1:37 y hallándole, le dijeron: Todos te buscan.<br />
1:38 El les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido.<br />
1:39 Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios.<br />
1:40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.<br />
1:41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio.<br />
1:42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio.<br />
1:43 Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió luego,<br />
1:44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos.<br />
1:45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes. </p>
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		<title>Mateo Capítulo 02</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jun 2008 08:30:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Mateo]]></category>

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		<description><![CDATA[2:1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos,
2:2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.

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2:3 Oyendo esto, el rey Herodes se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2:1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos,<br />
2:2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.<br />
<br />
<a href="http://blip.tv/file/get/Rehobot-MateoCaptulo02446.mp3">Dercarga MP3 Clic Derecho Guardar Destino Como</a><br />
2:3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.<br />
2:4 Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo.<br />
2:5 Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta:<br />
2:6 Y tú, Belén, de la tierra de Judá,<br />
No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá;<br />
Porque de ti saldrá un guiador,<br />
Que apacentará a mi pueblo Israel.<br />
2:7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella;<br />
2:8 y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.<br />
2:9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.<br />
2:10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.<br />
2:11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.<br />
2:12 Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.<br />
2:13 Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo.<br />
2:14 Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto,<br />
2:15 y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo.<br />
2:16 Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.<br />
2:17 Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:<br />
2:18 Voz fue oída en Ramá,<br />
Grande lamentación, lloro y gemido;<br />
Raquel que llora a sus hijos,<br />
Y no quiso ser consolada, porque perecieron.<br />
2:19 Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto,<br />
2:20 diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño.<br />
2:21 Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel.<br />
2:22 Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea,<br />
2:23 y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno.</p>
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		<title>Mateo Capítulo 01</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Jun 2008 00:47:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Mateo]]></category>

		<category><![CDATA[Audio Biblia]]></category>

		<category><![CDATA[Nuevo Testamento]]></category>

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		<description><![CDATA[MATEO CAPITULO 1 
1:1 Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.
1:2 Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos.
1:3 Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram.

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1:4 Aram engendró a Aminadab, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>MATEO CAPITULO 1 </p>
<p>1:1 Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.<br />
1:2 Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos.<br />
1:3 Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram.</p>
<p><br />
<a href="http://blip.tv/file/get/Rehobot-MateoCapitulo1466.mp3"><b>Descarga</b>Clic Derecho Guardar Destino Como</a></p>
<p>1:4 Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón.<br />
1:5 Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isa.<br />
1:6 Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías.<br />
1:7 Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa.<br />
1:8 Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías.<br />
1:9 Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías.<br />
1:10 Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a Josías.<br />
1:11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia.<br />
1:12 Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel.<br />
1:13 Zorobabel engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a Azor.<br />
1:14 Azor engendró a Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud.<br />
1:15 Eliud engendró a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob;<br />
1:16 y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.<br />
1:17 De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce.<br />
1:18 El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.<br />
1:19 José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente.<br />
1:20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.<br />
1:21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.<br />
1:22 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:<br />
1:23 He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,<br />
Y llamarás su nombre Emanuel,<br />
que traducido es: Dios con nosotros.<br />
1:24 Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer.<br />
1:25 Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.</p>
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		<title>Don Quijote de la Mancha Cap. 4</title>
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		<pubDate>Fri, 30 May 2008 06:25:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Don Quijote de la Mancha]]></category>

		<category><![CDATA[Don Quijote]]></category>

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		<description><![CDATA[De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta 

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La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas, viniéndole a la memoria [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta </p>
<p></p>
<p><a href="http://www.aularagon.org/files/espa/elquijote/p1/Parte%201%20Capítulo-04.mp3">Descarga Clic derecho Guardar Destino Como</a></p>
<p>La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas, viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo. </p>
<p>No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo: </p>
<p>–Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda. </p>
<p>Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían. Y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba; y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo. Porque decía: </p>
<p>–La lengua queda y los ojos listos. </p>
<p>Y el muchacho respondía: </p>
<p>–No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez; y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato. </p>
<p>Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo: </p>
<p>–Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza –que también tenía una lanza arrimada a la encima adonde estaba arrendada la yegua–, que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo. </p>
<p>El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió: </p>
<p>–Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y, porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente. </p>
<p>–¿&#8221;Miente&#8221;, delante de mí, ruin villano? –dijo don Quijote–. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego. </p>
<p>El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que había hecho –y aún no había jurado nada–, que no eran tantos, porque se le habían de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo. </p>
<p>–Bien está todo eso –replicó don Quijote–, pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; ansí que, por esta parte, no os debe nada. </p>
<p>–El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro. </p>
<p>–¿Irme yo con él? –dijo el muchacho–. Mas, ¡mal año! No, señor, ni por pienso; porque, en viéndose solo, me desuelle como a un San Bartolomé. </p>
<p>–No hará tal –replicó don Quijote–: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga. </p>
<p>–Mire vuestra merced, señor, lo que dice –dijo el muchacho–, que este mi amo no es caballero ni ha recebido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar. </p>
<p>–Importa eso poco –respondió don Quijote–, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras. </p>
<p>–Así es verdad –dijo Andrés–; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo? </p>
<p>–No niego, hermano Andrés –respondió el labrador–; y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados. </p>
<p>–Del sahumerio os hago gracia –dijo don Quijote–; dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada. </p>
<p>Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en breve espacio se apartó dellos. Siguióle el labrador con los ojos, y, cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés y díjole: </p>
<p>–Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor de agravios me dejó mandado. </p>
<p>–Eso juro yo –dijo Andrés–; y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva; que, según es de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo! </p>
<p>–También lo juro yo –dijo el labrador–; pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga. </p>
<p>Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto. </p>
<p>–Llamad, señor Andrés, ahora –decía el labrador– al desfacedor de agravios, veréis cómo no desface aquéste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades. </p>
<p>Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que había pasado, y que se lo había de pagar con las setenas. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo. </p>
<p>Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz: </p>
<p>–Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha, el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante. </p>
<p>En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza. </p>
<p>Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo: </p>
<p>–Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso. </p>
<p>Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura del que las decía; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo: </p>
<p>–Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida. </p>
<p>–Si os la mostrara –replicó don Quijote–, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo. </p>
<p>–Señor caballero –replicó el mercader–, suplico a vuestra merced, en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere. </p>
<p>–No le mana, canalla infame –respondió don Quijote, encendido en cólera–; no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora. </p>
<p>Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entretanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo: </p>
<p>–¡Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido. </p>
<p>Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera. Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él vía, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían. </p>
<p>Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar en todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso, pareciéndole que aquélla era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo, y no era posible levantarse, según tenía brumado todo el cuerpo. </p>
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